2 may. 2009

Pasajero de una Camilla


Las calles todavía tapizadas de adoquines, formaban ondas en el suelo del viejo San Fernando. Los años de constante ir y venir del colectivo verde, surcaban el recorrido con una parada obligada en la puerta del antíguo hospital.
El edificio, situado entre la calle Belgrano y las vías del ferrocarril, ha sufrido los embates de la humedad de Buenos Aires y las remodelaciones sucesivas que, "casualmente", coincidieron siempre con el tiempo previo a las elecciones.
Un recorrido intrincado de pasillos con los techos altos, paredes descascaradas y algún que otro bronce recordatorio, albergaba a la gente, y una brisa fría apagaba el calor de las pocas estufas a gas encendidas. Un escritorio habitado por un morador que calentaba sus pies con una estufa eléctrica, daba informes con un gesto de piedra y emitía algunas palabras con sonido gutural: " Haga la fila".
Este túnel espacio-tiempo, me encuentra como en un sueño. Donde puedo percibir las emociones; pero no puedo hablar. Vos me acompañas con la lectura, y yo te llevo al ala norte del hospital.
Allí la convivencia entre lo antíguo y lo nuevo, daban el aspecto del monstruo de Frankenstein, pero hecho de ladrillo, cemento, chapas y computadoras. Cada metro, con historia. Una historia y una vida. Muchas vidas que convergen en un punto, unas para sanar y otras para ser sanadas.
El llanto de los pequeños, las viejas que discuten por su turno y una camilla empujada a toda velocidad ante la mirada de todos.
Otro flash y de nuevo, en la zona antígua del hospital. Una sala de espera llena de pacientes miraban con ojos inquisidores a los practicantes. Era el servicio de radiologia, pintado de un gris plomo y paredes de 30 cm, negatoscopio gigante en el pasillo y dos máquinas en el centro donde emergían mágicamente las radiografías.
Entre "los señores de blanco"que atendían a la gente estaba yo. Esa semana me tocaba ver la luz, porque había pasado la prueba del cuarto oscuro, donde los viejos piletones del revelado ya en desuso, contenían algunos marcos oxidados que parecían contemplar con envidia, a las procesadoras de rodillo que no se apagaban nunca.
De repente, la camilla que viajaba desde el ala norte golpeó con fuerza a la sufrida puerta del servicio, y los pacientes que allí esperaban ser llamados, abrieron paso al politraumatizado pasajero y a quienes lo trasladaban.
Cráneo, columna, caderas... la lista era interminable. Ingresamos entonces a la sala de rayos mas confiable, la del equipo que "rendía" siempre. En ese momento, mi corazón empezó a acelerarse y traté de mantener la calma, concentrándome sólo en la mejor forma de realizar el trabajo, para evitar un mayor sufrimiento del pasajero durante la movilización para tomar las placas.
Cada minuto que pasaba era directamente proporcional a las preguntas de los médicos: y? terminamos? nos vamos? ya salieron las placas?
Por mi parte las preguntas internas: Tenía yo la capacidad para ese trabajo? habían valido la pena tantas noches de insomnio estudiando cada hueso, cada posición, en fin, tanto esfuerzo?.
La paciencia cada vez es menor en una sociedad tan apurada. Ante la urgencia, nuestra pericia se pone a prueba todos los días.
Una tras otra, las placas fueron cayendo al buzón de la reveladora: todas correctas! despues de haber fallado tantas veces anteriores, tantas veces repetir y corregir! . Inmediatamente, el pasajero de la camilla y del auto que había chocado un rato antes, fué llevado al quirófano para salvarle la vida con las radiografías todavía calientes.
Al fin había dado fruto mi trabajo y daba mis primeros pasos solo. Empecé a girar como una pequeña pieza en un gran reloj, y descubrí cual era mi rol en todo ese proceso...
Puede ser que camines por esos pasillos, tal vez estas aprendiendo, o tuviste una experiencia similar, hoy sólo quise llevarte al momento, donde sentí por primera vez que podía hacer mi pequeño aporte en el historial, dentro de las miles de historias de vida, en un viejo hospital.

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